Virreinato

Jovel

Época del virreinato

San Cristóbal de Las Casas.

Desde el punto de vista político y administrativo, con la fundación de la Villa Real en 1528 se estableció también la sede de la Alcaldía Mayor de la provincia de Chiapas, condición que la ciudad mantuvo hasta finales del siglo XVIII. Este estatus consolidó a San Cristóbal como el principal centro de poder político, religioso y administrativo de la región durante todo el periodo virreinal.

Pocos años después de su fundación, y a petición de sus pobladores, en 1535 el emperador Carlos V otorgó a la ciudad el escudo de armas que, con el tiempo, se convertiría en el emblema representativo de todo el estado de Chiapas. A partir de estos primeros acontecimientos se inició un largo proceso de colonización que se extendería por casi tres siglos y que transformaría profundamente el territorio y a sus habitantes. Junto con el crecimiento de la población, se implantaron nuevas instituciones administrativas, jurídicas y religiosas, propias del orden colonial.

Escudo Original
Escudo Original
Escudo de Armas de la Villa de San Cristóbal de Los Llanos
Escudo de Armas

Transcripción: 

…y tenga por sus armas cognoscidas vn escudo dentro del doss syerras por medio de las quales pase vn riio y encima de vna de las dichas syerras a la mano derecha este vn castillo de oro y vn leon rrampante y arrimado a el y por encima de la otra syerra a la mano yzquierda salga vn palma verde con su fruta con otro leon rampante arrimado asymismo a ella en memoria de la advocacion del glorioso señor san christoual todo ello en campo colorado segund que aqui van figuradas y pintadas la quales dichas armas damos a la dicha villa por sus armas e deuisa señaladas para que las pueda traer e poner e trayga e ponga en sus pendones dellos y escudos e vanderas y en las otras partes e lugares que quisyere e por bien tuuiere segund y como y de la forma e manera que las ponen y traen las otras villas de nuestros Reynos.»*

Durante el siglo XVI comenzaron a arribar a la ciudad diversas órdenes religiosas que desempeñaron un papel central en la evangelización, la enseñanza y el desarrollo urbano. A partir de 1537 se establecieron los mercedarios; en 1547 llegaron los dominicos; en 1577, los franciscanos. En 1610 se fundó el Convento de la Encarnación, ocupado por monjas concepcionistas, contiguo al templo de San Sebastián. En 1635 arribaron los juaninos de San Juan de Dios, dedicados principalmente a labores hospitalarias. En 1678 se creó el Seminario Tridentino Conciliar para la instrucción superior, y en 1681 llegaron los jesuitas de San Ignacio de Loyola, quienes fundaron un colegio que funcionó hasta su expulsión en 1767.

A lo largo de este periodo se construyeron numerosos templos que hoy forman parte esencial del patrimonio histórico de la ciudad. Entre los más antiguos se encuentran los de Cuxtitali, Mexicanos, El Cerrillo, La Caridad, Guadalupe, El Calvario, San Antonio, Santa Lucía, San Diego, San Ramón, San Felipe y San Cristóbal, muchos de los cuales permanecen activos hasta la actualidad.

Alrededor de cada templo y convento comenzaron a establecerse núcleos habitacionales que dieron origen a los barrios, generalmente organizados en torno a oficios específicos. Cada barrio, delimitado geográficamente, contaba con su templo bajo la advocación de un santo titular. Los barrios de Mexicanos y Tlaxcala se fundaron desde 1528; San Diego y San Antonio, hacia 1538; Santo Domingo, en 1548; El Cerrillo, en 1550; y, hacia 1600, los de Santa Lucía y Guadalupe, además de La Merced y San Francisco. En estos espacios surgieron actividades productivas como la tenería, herrería, velería, juguetería, cuetería, panadería, teñiduría, cerámica y la crianza de cerdos, entre los oficios más antiguos.

La ciudad se configuró desde sus orígenes como un espacio de composición étnica diversa, cuyas características, aunque diluidas con el paso del tiempo, perduraron a lo largo de los siglos. Más allá del mestizaje inicial —pues los españoles llegaron en su mayoría sin mujeres y posteriormente enviaron por ellas—, se procuró que nuevos grupos provenientes de otras regiones contribuyeran al poblamiento: llegaron indígenas de México y Tlaxcala, así como de Oaxaca y Guatemala. Años después, zapotecos y mixtecos se asentaron en los barrios del Molino de San Diego y San Antonio, respectivamente; Cuxtitali contó con población quiché, y El Cerrillo se formó con indígenas manumitidos (Flores Ruiz).

Durante el virreinato se introdujeron nuevos productos y cultivos que transformaron la economía y la alimentación locales. Se sembró trigo y se construyeron molinos para la producción de pan destinado principalmente al autoconsumo. La economía de la región se basó, en gran medida, en la horticultura.

Con la llegada de los europeos se incorporaron cereales, frutas, legumbres y animales hasta entonces desconocidos en la región: caballos, vacas, cabras, borregos, cerdos y aves de corral. Asimismo, se introdujeron cultivos como trigo, cebada, garbanzo, lentejas, habas, lechuga, coles, zanahorias, berenjenas, ajos, cebollas, caña de azúcar y vid, además de una amplia variedad de frutas que lograron aclimatarse en distintas zonas de Chiapas.

En las inmediaciones del río Grijalva prosperaron cultivos como melón, piña, jocote, plátano, aguacate, higo, naranja y diversas hortalizas, así como la ganadería y la crianza de aves. Algunos de estos productos modificaron de manera decisiva la alimentación indígena, entre ellos la caña de azúcar, el arroz, el café y la ganadería, que marcaron el rumbo económico de la región.

Los conventos no solo funcionaron como centros de evangelización, sino también como espacios de enseñanza y transmisión de conocimientos agrícolas y culinarios. Los dominicos, en particular, promovieron el cultivo de diversas plantas, legumbres, cereales y frutales que se integraron a la dieta prehispánica, dando origen a una cocina mestiza que caracteriza a la región hasta nuestros días (Trens). Por su parte, las monjas concepcionistas se distinguieron como un importante centro de elaboración de repostería, especialmente para las mujeres.

Gracias a su clima benigno, su ambiente social relativamente apacible y sus instituciones educativas, Ciudad Real atrajo durante siglos a grupos de estudiosos provenientes de toda la provincia y de regiones circunvecinas, consolidándose como un referente cultural y formativo del sureste novohispano.

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