Crecimiento urbano, migración y crisis social.
San Cristóbal de Las Casas. (1970–1994)
Apartir de la década de 1970 y durante los treinta años siguientes, San Cristóbal de Las Casas experimentó un crecimiento demográfico acelerado que transformó de manera profunda su fisonomía urbana y social. Este proceso alteró significativamente el perfil de la ciudad descrito por los antropólogos de los años sesenta, dando paso a una expansión territorial y poblacional sin precedentes.
En apenas una década, la población se duplicó: en 1980 se registraron 60,550 habitantes; para 1990, la cifra ascendió a 89,335, y en 1995 alcanzó los 116,729 habitantes, con una tendencia de crecimiento sostenido (INEGI, Cuaderno Estadístico Municipal, 1996; Región Altos de Chiapas. Perfil sociodemográfico, 1994). Con una tasa de crecimiento del 5.3 %, muy por encima del promedio nacional, San Cristóbal fue considerada una de las ciudades con mayor expansión demográfica del país.
Este crecimiento se produjo tanto en el área urbana como en el entorno rural, convirtiendo a la ciudad en un polo de atracción migratoria. El primer flujo estuvo constituido por indígenas provenientes de las comunidades circunvecinas, quienes emigraron en busca de empleo y servicios, asentándose en condiciones precarias. A ello se sumó la migración derivada de conflictos religiosos, particularmente el caso de los indígenas chamulas expulsados por razones religiosas, económicas y políticas, que comenzaron a asentarse de manera masiva a partir de 1974. Se calcula que alrededor de 35,000 personas ocuparon la denominada zona norte de la ciudad, dando origen a nuevos núcleos urbanos y a una compleja problemática social.
Un segundo factor determinante fue el desarrollo del turismo cultural, que reorientó la economía regional y se convirtió en la principal fuente de ingresos. La apertura de hoteles, posadas, restaurantes, bares, agencias de viajes y otros servicios vinculados a esta actividad transformó el centro histórico y modificó las dinámicas laborales y comerciales de la ciudad.
El interés por el mundo indígena atrajo desde principios del siglo XX a investigadores, viajeros y escritores como Frans Blom, Oliver La Farge y Bruno Traven, entre muchos otros. San Cristóbal se consolidó así como punto de encuentro de un corredor turístico-académico que atrajo a estudiosos provenientes de universidades estadounidenses como Harvard, Chicago, Berkeley y Tulane, quienes desarrollaron proyectos de largo alcance en antropología, etnografía y medicina tradicional. Posteriormente se sumaron investigadores europeos y, por supuesto, mexicanos, reforzando el carácter internacional de la ciudad como centro de estudios sociales.
Un tercer elemento del crecimiento poblacional fue la instalación de escuelas de nivel medio y superior, dependencias gubernamentales, centros de investigación social, así como un número creciente de organizaciones civiles y no gubernamentales, particularmente antes y después de 1994. A estos grupos se añadieron inmigrantes nacionales y extranjeros que encontraron en San Cristóbal un espacio para establecerse, muchas veces en condiciones informales.
Durante este periodo también arribaron poblaciones vinculadas a diversos cultos religiosos —católicos, evangélicos, mormones, testigos de Jehová, adventistas, entre otros—, así como comunidades judías y musulmanas. A ello se sumó la presencia de contingentes militares que se establecieron en la zona de Rancho Nuevo a partir de 1978, además de familias provenientes de otras regiones del país y, más recientemente, de la Ciudad de México, motivadas por la búsqueda de mejores condiciones de vida y seguridad.
El acelerado crecimiento poblacional superó con creces la capacidad de la ciudad para ofrecer empleo, vivienda, educación, salud y servicios básicos. Paralelamente, a nivel estatal se produjo una profunda inestabilidad política reflejada en la sucesión de gobernadores. Entre 1977 y 2000, Chiapas tuvo diez gobernadores, cuando debieron haber sido cuatro; tan solo entre 1988 y 2000 se registraron seis. Esta falta de continuidad administrativa provocó el dispendio de recursos y un deterioro progresivo de los indicadores de bienestar, particularmente en las regiones indígenas.
Como resultado de la ausencia de políticas públicas efectivas para el medio rural y de la limitada capacidad de absorción de la economía local, el valle de San Cristóbal creció de manera anárquica y conflictiva. En 1989 se contabilizaban 18 asentamientos irregulares y alrededor de 40 comunidades rurales; para 1990, los asentamientos ascendieron a 21. En 1991 se registraron 18 barrios tradicionales, 17 colonias populares, 52 comunidades rurales y 44 rancherías. La situación se agravó a partir de 1994, cuando el valle recibió una nueva oleada de población desplazada, producto de conflictos sociales, políticos y de la compraventa irregular de terrenos, incluso dentro de áreas naturales protegidas. Para 1998, se habían registrado 58 asentamientos irregulares (informes municipales de 1989, 1990, 1994 y 1998).
Toda esta problemática acumulada desembocó en una crisis social de gran magnitud durante la década de 1990, cuyo punto culminante fue la irrupción del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en 1994, acontecimiento que colocó en el centro del debate nacional e internacional la situación histórica de los pueblos indígenas de Chiapas.














